Prohibir despierta el deseo

¿Prohibir para educar?

¿Prohibir para educar? Hace unos meses cayó en mis manos un interesante artículo titulado “Prohibir despierta el deseo. Cómo evitar la palabra NO al dar una norma en clase” (1). El autor (2), un docente amante de su profesión, reflexiona en él sobre cómo la palabra “No”, cuando se utiliza como modo de transmitir una norma, suscita el deseo de trasgresión, puesto que se vive como una prohibición. De acuerdo con esta idea, sugiere modos alternativos de enunciar las reglas, de modo que éstas se transformen “en una recomendación, reflexión o lema”. Un ejemplo de los propuestos por él servirá para hacernos una idea más precisa: En lugar de decir “No comas ni bebas en clase”, diremos “La comida y la bebida se reservan para la hora del patio”.

La lectura del artículo y de los comentarios escritos por otras personas fue tan estimulante para mí que ahora me encuentro, agradecida, haciendo este escrito como aportación al tema.

Palabras y actos trasmiten significado

Una parte muy importante de la educación consiste en la transmisión de valores y normas asociadas a estos valores. Lo hacemos constantemente, mediante instrucciones explícitas y también con nuestro comportamiento.

Cuando lo que decimos no coincide con lo que hacemos, es lo que hacemos lo que acaba teniendo más peso. Si digo a una niña: “Se cruza la calle cuando el semáforo está verde” y, cuando no veo coches cerca, la agarro de la  mano y tiro de ella, estando el semáforo en rojo, puedo estar segura de que en mi ausencia mis palabras no serán tenidas en cuenta. El sentido de la norma, en este caso es: No cruzamos cuando el semáforo de peatones está en rojo porque entonces es el momento en que los vehículos pueden circular, y no sería seguro ni para los conductores ni para los peatones.

Ahora: no es suficiente con decirlo, porque a la niña le llega lo que digo, pero también lo que siento y pienso sobre lo que digo, y es esto lo que ejerce una influencia mayor en nuestros pequeños observadores.

Si mis actos contradicen mis palabras, como en este caso, los primeros tienen más capacidad de influencia. Siguiendo con el ejemplo del semáforo, con mi acto transmitiría información como la siguiente: La norma no siempre ha de ser cumplida. Uno puede hacer el cálculo de si le dará tiempo a cruzar mirando la distancia a la que están los coches. No es tolerable esperar: es aburrido y ha de ser evitado si se ve la posibilidad de hacerlo. Nótese que

lo primero que necesitamos para transmitir una norma es tenerla realmente incorporada.

Transmitir normas es absolutamente necesario, porque están ahí para cuidarnos. Pero tiene que ser una transmisión. De este modo, quien recibe la norma  la hace suya y, siendo así, no tiene necesidad de oponerse. Queda claro, entonces, que la norma ha de tener un sentido, y ese sentido es una parte fundamental de lo que ha de ser transmitido.

Prohibir despierta el deseo: la reactancia psicológica

Prohibir despierta el deseo… Lo sabemos hace tiempo, y algunos investigadores han dedicado muchos años a estudiar este fenómeno. El psicólogo J. W. Brehm, por ejemplo, desarrolló una teoría que resulta útil para comprenderlo: La Teoría de la Reactancia Psicológica(3).  La teoría explica la respuesta humana a la percepción de reducción del control personal. De acuerdo con ella,

cuando sentimos amenazada o reducida nuestra capacidad de elección, la necesidad de conservarla se convierte en el motor principal de nuestras acciones.

De este modo, el deseo por lo prohibido aumenta, y también la valoración de los actos o productos que se nos prohíben o a los que se nos hace más difícil acceder, por diversos motivos (escasez o coste elevado, entre otros).

Así, fumadores que, de forma habitual encienden un cigarrillo cada dos horas, se apresuran a hacerlo nada más salir de la estación de metro, donde está prohibido fumar, tras un viaje de solo quince minutos.

¿Cómo se aprovecha la publicidad de la reactancia?

Algunas técnicas de venta están pensadas para aprovecharse de nuestra sensibilidad a la amenaza de pérdida de capacidad de elección, como puede ser indicar que hay una limitación de tiempo para poder acceder a un bien: A todos nos suenan frases como “Última oportunidad para ver nuestra obra de teatro en Madrid” o “podrá llevarse nuestro producto y obtendrá otro igual solo si llama en las dos próximas horas”. Vivimos  intentos de influencia a lo largo de toda la vida pero la capacidad que tienen de hacernos experimentar reactancia suele ser altísima en dos épocas, especialmente: alrededor de los dos años y en la adolescencia. ¿Por qué? Porque son

Dos períodos claves en la construcción de la identidad personal

Aunque el proceso de construcción de la identidad nos acompaña toda la vida, el período alrededor de los dos años y el de la adolescencia son hitos fundamentales. En el primero, el niño (o la niña) invierte mucho tiempo en hacer numerosas trastadas, siguiendo su curiosidad, por un lado, pero también recabando pruebas – mediante la negativa, la desobediencia y la oposición – de que es alguien distinto de sus mayores. Lleva tiempo descubrir que puede haber coincidencia respecto a si está bien o mal hacer algo, y que no perdemos ni chispa de individualidad, de singularidad, pese a esa coincidencia. Pasa igual con los gustos: puede gustarte el color azul y puede gustarle el color azul a tu padre, pero tu gustar del color azul es solo tuyo, lo experimentas tú, no significa confundirte con el otro.

Está claro que la capacidad de comprensión verbal es limitada en los primeros años de vida. No podemos esperar a que comprendan las implicaciones de tocar un enchufe para asegurarnos de que no lo hagan, pero siempre hay que intentar que los pequeños entiendan que la prohibición no es un capricho de los mayores sino que tiene un sentido: “¡No! ¡Duele!” O “¡Pupa!”, al tiempo que se les aparta del peligro puede ser suficiente para empezar.

En la adolescencia, más de lo mismo, con la particularidad de que en este momento de transición a la edad adulta cobra más importancia el deseo de decidir debido a que, con la ganancia en conocimientos, habilidades y autonomía (si todo va bien) las áreas en que es posible hacerlo van aumentando. Ocurre, sin embargo, que a veces el adolescente busca saber de sí mediante la oposición: aún no ha alcanzado a comprender que madurar es hacer lo correcto, aunque lo digan los padres, como se dice, de forma chistosa pero no exenta de verdad.

Con este grupo de edad tenemos una gran ventaja respecto a las posibilidades con los bebés, y ésta es la capacidad incrementada de comunicación verbal. Pongámoselo fácil a adolescentes y niños y niñas de todas las edades: Transmitamos normas que tengan sentido, contengan la palabra “no” o no la contengan, facilitándoles la posibilidad de que las hagan suyas; invitémosles a reflexionar, a ser críticos… y estemos dispuestos al diálogo frecuente con ellas y ellos, tomándonos muy en serio sus palabras. Es la manera más fácil de que tomen en serio las nuestras.

 

1.       5 may. 2013 – Prohibir despierta el deseo. Cómo evitar la palabra NO al dar una norma en clase.

2.       Autor: Santiago Moll

3.       (Nota: Brehm, J. W. (1966). A theory of psychological reactance. Nueva York, Academic Press.

 

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